Rubén Cárcamo Bourgade

domingo

DE GONZALO ROJAS

(No puedo resistirme a trasladar este sabroso texto de la visión de Chile, que tuvo Gonzalo Rojas hasta recien ayer).

¿Y cómo vio a la gente allá de Cocepción?
-¿Usted puede escuchar palabras de hombre? ¡Cagadillos los encontré! De miedo, de fastidio y de pena. Pobre gente. Señorillos que hasta hace algunos meses tenían cierta prestancia -y para mí presumían demasiado-.
¿A usted el terremoto lo pilló en Chillán?
-Claro. Estaba acostado, como casi toda la gente de Chile, ¡y vino un sacudón! Volaron los treinta mil libros que tengo en mi casa. A mí me divirtió el horror, esa es la verdad. Sentí aquello como una situación irremediable. Y cuando eso pasa, en lugar de llorarla -como dice el huaso-, uno la aguanta, la soporta. Chillán tiene su tradición terremótica.
¿A su Lebu natal ha ido?
-Fui y me horrorizó. El río donde yo aprendí a nadar -y usted tiene que saber que Lebu quiere decir río-, no sólo estaba seco, sino que era un lagarto. ¡Reseco! Y ahí donde había carbón hermoso, nada. Pero los dioses se encargan de mudar el mundo, y vuelve el agüita de a poquito por dentro. Me dicen que está empezando a fluir.
¿Y la gente?
-Esos son los más valientes, porque como son del mar… Yo he aprendido en mi larguísima vida, que ni los mineros -que yo respeto mucho- ni los campesinos tienen el coraje, la dignidad, la hidalguía del hombre del mar.
¿Qué le parece que caracteriza a este terremoto en comparación con los que usted ha vivido antes?
-El que sea tan ancho, tan abierto. Se desarmó la cosa.
¿Y los saqueos los había visto?
-Eso es el mierderío chileno. De los pesados, que son tan tramposos y tan necios. ¡Cómo se les ocurre en medio del oprobio salir a robar! Y no sólo los pobrecillos, sino los otros también. Todos robando. Yo nunca lo había visto.
¿Qué llamado le haría al gobierno desde el sur, antes de empezar el invierno?
-Que se hagan hombres. ¡Y que aguanten la mecha! No querían gobernar…?
¿Qué le ha parecido la respuesta del gobierno de Piñera al terremoto?
-Es que yo no sé quién gobierna hoy. Sólo sé que hay una mudanza y que el actual patrón trata de hacer algo, pero no sé qué, porque aquí no se ve.
¿Qué le parece la nueva intendenta de su región, Jacqueline van Rysselbergh?
-Dicen que es bonita, que tiene lindas las piernas. Eso es lo único que yo sé.
¿Qué balance hace de los años de la Concertación en el poder?
-De eso sé un poco más. La idea de que los desposeídos o pobretones pudieran recibir alguna ayuda y ser bien atendidos en la línea de la salud, supongamos, eso es bueno. Fueron veinte años de verdadera prestancia. Hay dos vocablos que le caben a la Concertación: dignidad y coraje. Yo los vi valientes. ¡No a todos! Hubo algunos pelafustanes y tramposos. Pero hicieron mucho de mérito y de gracia.
¿Se le ocurre algo en especial?
-A mí me toca ir mucho por los caminos de Chile y uso el pavimento, que antes era un destrozo. Este país sin pavimento era una caca. Y la gente dice: ‘Se lo debemos al Lagos’. No sé en qué medida, pero él condujo la cosa. Y el pavimento es una cosa seria, real. Entre lo mucho de horror que vi ayer en Concepción, no sólo los ladrillos estaban sueltos, sino también los adoquines. ¡El seso de Chile está suelto! No funciona bien, no hay coherencia ni cohesiones.
¿Qué le parece el caso Karadima y todo lo que está pasando en la Iglesia Católica?
-Estos curas están todos picantosos. ¿Por qué no se casan y agarran mujer como todos nosotros? Es una tontería. Pregúntale a los apóstoles, ¡a los grandes, niñita, los de Jesús! Esos tipos no andaban con ningún enredo.
Los religiosos dicen que suspenden las pasiones de la carne en pos del amor de Cristo.
-¡No les creo! ¡No se me da! Es tan falso. El Lutero parece que anduvo más fresco, el Calvino, todos esos muchachones del XVI, XVII, que tuvieron la gracia de ser fieles al primer pensamiento de la cristiandad. Aunque yo de estas cosas no sé nada, niña linda.
De lo que sí sabe es del erotismo, tan presente en su poesía.
-¡La erótica! De eso se vive, mujer.
¿Qué sabe de la pederastia?
-Ah, no pues. No tuve ninguna afición. El fornicio existe y si les gusta el montaje en hombre o en mujer, allá los que hacen la operación. Pero con niños es una vergüenza. A las criaturas hay que dejarlas, pobrecitos, son tan preciosos, aunque son bandidos.
¿Cómo ha vivido usted el erotismo después de los 90 años?
-Igual que antes. No se pierde nada. El oficio funciona y es sagrado en uno. Funciona. Nunca tuve ninguna de esas aficiones, los objetos que se usan para estimular el baile, porque no nomás. No hay que presumir tampoco, pero no anda uno mutilado, hay que ser muy huevón para eso.
¿Qué piensa de tanta chiquilla con poca ropa que se puede ver hoy en la tele?
-Me parece chabacano, ordinario. Yo estoy contra la ordinariez de este mundo, en todos los planos. Es una mierda nomás, qué quieren mostrar esas criaturas. El puterío no tiene remedio y no es cosa de hoy, es cosa de siempre. El puterío de mi adolescencia remota era tan encantador, aunque de repente uno se descuidaba y algunas niñas le pegaban a uno alguno de esos daños. Pero los daños de hoy son peores, esas cochinadas que andan por ahí, los males de la eroticidad que se contraen por esas vías.
Usted escribió el poema “Fútbol sin parar”. ¿Le gusta el fútbol?
-Me gusta, no lo niego. Me futbolicé de muchachón, como todos los niños de estos países, pero no soy fanático. En esa poesía me he burlado de eso y digo: “¿Por qué no se leen también a los griegos, que además de ser grandes deportistas tenían luz en la cabeza?”.
¿Es tonto el fútbol, dice usted?
-El fútbol es tonto y se ha cultivado para los tontos, para la eternidad de los imbéciles. El horror de la plata repercute en los puntapiés y en los talones de la gente. Una lata. Yo me crié con el boxeo. Todos teníamos que saber pelear, mijita, con los puños firmes.
Se va a reeditar su primer libro, “La miseria del hombre”, que tuvo re malas críticas cuando se lanzó.
-Hubo un tipo que se llamaba Alone -medio maricueca-, que dijo una frase que me llenó de gracia y me estimuló para ser en buena medida lo que soy como escritor. Un domingo hizo mención a mi libro que acababa de aparecer: “Al paso que van, las letras nacionales no prometen nada bueno”. Yo me estaba lustrando los zapatos en Valparaíso cuando lo leí y me encantó, porque me hizo bajar del caballo de la altanería, de la trampa, de la presunción de los escritorcillos mediocres que quieren, con el primer libro, ser inmortales. Le agradecí después cuando nos encontramos por la calle en alguna parte.
¿De verdad no se sintió mal?
-Como todo es coincidente, yo vivía en Valparaíso en esos días y trabajaba en el Deutsche Schule. Había unas gavetas donde ponían las cartas que nos llegaban y yo me encontré con un tarjetón. Lo abrí y era de la Mistral, desde Xalapa, México, y me decía todo lo contrario y me hacía un salud realmente portentoso. Pero así como no lloré con mi detracción, no me envanecí con el estímulo mayor.
¿A quién le daría este año el premio nacional?
-No, es que no sé, los que me gustan están muertos. El premiaje es parte del huevonaje. Mis premios me fastidian. El premio del rey, ¡nada! El premio de la reina, ¡nada! Ella encantadora sí, mi reina linda. El Octavio Paz, ¡cero! Yo tendré 15, 20 premios de los grandes. Y esas trampas de premiaje académico: doctor honoris causa, causa honoris doc. Qué lesera más grande.
¿Qué le parece la mala calidad de los profesores que han revelado las últimas evaluaciones?
-Eso me descorazona, porque efectivamente yo fui en mi viejo liceo alumno de profesores de veras. ¿Sabes qué quiere decir el abolengo de alumno? Viene de alere, que quiere decir alimentarse. En esos años los profesores nos daban de comer en serio. Hoy hay un destrozón mayor. Qué extraño, casi no lo entiendo. Yo tuve profesores fuertes, fieros, casi feroces.


(Para su embalaje
buen viaje maestro,
aqui se queda el cuerpo cierto)