Rubén Cárcamo Bourgade

viernes

EL ASOMBRO BAJO ESTA SOMBRA, SOLO PERMITE NUESTROS DESTELLOS


Y a la aurora,
armados de una ardiente paciencia,
entraremos en las espléndidas ciudades.
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Voy a acometer la solemne ridiculez de emitir un discurso.


Les pido que me dispensen y tengan la enorme amabilidad y paciencia de escucharme, con cariñosa resignación.


He aprendido, que hablar de ciertos temas serios, implica un cierto tono humorístico, como único modo de evitar la solemne ridiculez...razón más que suficiente para que cuando lo deseen; lancen su carraspera, traguen saliva, se les paren los pelos, les de vergüenza ajena, hagan un comentario fuera del tiesto o vayan al baño. Están todos autorizados y liberados.


¿Quién lo hubiera creído? Aquellos que éramos ilustres desconocidos, breves niños del 71, jamás sospechamos que transcurridos 40 años desde nuestro primer Ai Trufus, terminaríamos en amigos de toda una vida.


Esta reunión es una lección de sabiduría automática… así es que, de simples imberbes y virginales damiselas acarreando ladrillos a modo de peaje para nuestra primera reunión, pasamos a matronas guapetonas conocedoras y a varones guatones expertos beodos.  Y a pesar de las depilaciones a mansalva que nos cometió la vida, devenimos en sabios.


Son ustedes la entusiasta muestra de que en la vida, siempre se vive en una Patria Espiritual. ¡Si hasta tiene nombre; Ai Trufus!


El 71 fuimos seducidos por el vigor irresistible de fórmulas encantadoras pero tan parecidas a nuestros mejores cuentos infantiles, que nadie jamás podrá acusarnos de fanáticos o dogmáticos ni fundamentalistas, a lo más de cándidos creyentes. Creíamos en esas fórmulas; las que fueren.
Lo que demuestra que todos éramos  incapaces de adivinar las consecuencias – algunas funestas - de las premisas a las que nos enfrentó el futuro que nos tocó vivir.


Allí estuvimos para entregarnos: a la necesidad histórica que la patria  demandaba, a la utopía prometida, a la fragilidad de la fe, al amor incondicional, al Dios de todos nosotros, al dolor metafísico para el cual algunos todavía no encuentran consuelo. Para todo ello, no contábamos más que con una voluntad indomable, insolente y contumaz.


El 73 nos asombró - sobre todo - de que en la vida, la Maravilla coexistía con el Horror. Fuimos conscientes de la matanza que nos rodeó y del encanto enamorado por sobrevivir.


Hay por allí un filósofo afirmando lo siguiente: Sólo dos posibilidades permiten soportar los sinsabores de la existencia, ambas en permanente entredicho, pero ambas son también irrenunciables: la posibilidad del suicidio y la de la inmortalidad. Creo que sin ser grandilocuente y a pesar de lo bebido sobre esta mesa, en verdad os digo, camaradas, que nosotros siempre navegamos escépticos y atónitos ante la vida pero aferrados a la inmortalidad, aunque más de alguna vez– la juventud – nos pareció la tierra nativa del desengaño y semillero de ilusiones vacuas, motivo más que suficiente para suicidarnos.


¿Qué nos importaba en aquel entonces? La Humanidad - ni más ni menos - Dios, la Muerte, la Literatura, la Filosofía, el Pueblo y el Quién soy ... bueno; algunos estaban preocupados de El Color.


¿Y qué preocupación de todas ellas ha sobrevivido?


Dios - al menos para mí - la Muerte y una nueva; ... la Amistad  …y la gastritis, la educación de los niños, la cuenta de la luz, la cacha de la espada, el vidrio molido, el papel picado y todo un largo etcétera por pagar, o sea, “los reales problema de la gente”.


Con los años, fuimos poco a poco sosegando la vivacidad y los deseos, en una especie de familiaridad cómplice con el diario vivir, cediendo al timón de la rutina y abrazando una especie de pragmatismo escéptico. Pero un iluminado decidió invitarnos al reencuentro - allá por los noventa - y apareció de nuevo, el asombro, la magia, la alucinación por los talentos, las risas y charlas interminables y calores que pensamos nunca más sentir; ... mi pancito amasado, meloncito de olor, turrón de maní,  azúcar y canela, amor de mi vida.


A veces los escépticos adoptan la arrogante superioridad y la suficiencia desdeñosa de los peores dogmáticos, despreciando nuestros encuentros con su inasistencia.  Están convencidos de su altanería. ¡Qué se les va a hacer! Están tan radicalmente convencidos, que nada de este encuentro perfecto podrá asombrarles. Para ellos, que así sea. Pero los aquí presentes permanecemos en la tierra del asombro bajo esta sombra, iluminados, ¡rutilantes! ¡destellantes! incluso en las certezas e incertidumbres sempiternas paladeando estos minutos de afecto sin medida, de calidez abrazadora y de sonrisas. Estamos,  amigos,  experimentando la Ardiente Paciencia por donde ingresaremos a nuestra propia ciudad esplendorosa,  mucho antes de que llegue la aurora.
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Un pesimista absoluto me dijo una vez; “el hecho de que la vida no tenga ningún sentido, ya es una razón para vivir;   en verdad,  es la única”


Pero ustedes, sin ninguna teoría brotando de sus labios y con la presencia ebria de vuestros corazones sobre esta mesa, han demostrado todo lo contrario. La vida tiene todo el sentido, sólo por el NOSOTROS.


No se engañen amigos, pareciera que les hablo desde un pesimismo pero en verdad les hablo desde el amor incondicional a ustedes; que sigue siendo indomable, insolente y contumaz.


¿Cómo podríamos lamentarnos los unos de los otros, si tanto enriquecimos nuestra generosa juventud, con la sola y divina fortuna de habernos conocido?


Aquí - supongo - mientras redacto este discurso solemne, se me estará quebrando la voz. Así es que si lloro, será desde una  gratitud esplendorosa y sobre todo del asombro bajo esta sombra que nos acoje, porque los que aún estamos aquí,    ya no estamos del todo   y  los que ya no están,     aún siguen estando.

A la salud de la vida,    de todos ellos    y   de  NOSOTROS .       ¡Brindemos!