Rubén Cárcamo Bourgade

miércoles

UNA DE LOCOS


(Texto fusilado de la red, hace ya cinco años, Si no les gusta avísen no más)

Dicen que los locos siempre avisan que están locos y nadie les cree. Así es cómo terminan sucediendo las desgracias.

En el '34, después de seis meses de sequía y calor, los incendios rodearon la ciudad de Los Ángeles. La noche se convirtió en un infierno de humo y sirenas. Gladys, vestida con un salto de cama y con la cara embadurnada de cremas, arrancó en su Ford verde. Subió las colinas a toda velocidad. No se alejaba del humo; se dirigía directamente hacia él.
En la entrada de Mulholland Drive, encontró una barricada. De ahí en más el fuego explotaba por cualquier parte. Un policía la detuvo. Gladys dio muchas explicaciones tan contradictorias como absurdas. Que iba a una fiesta. Que las mansiones de los productores de Hollywood eran a prueba de incendios. Que no quería perderse el preestreno del infierno. Además, gritó, lloró y coqueteó con la crema chorreándole por la cara.
El agente dirigió su linterna al asiento trasero. Allí descubrió a una niña rubia, sucia de hollín, descalza, llorando aterrorizada.

Entonces Gladys le suplicó:
-Agente, dispáreme. Ojala me disparara.
Señalando a la niña agregó:
- Ella ya es huérfana, aunque todavía no lo sabe.
El policía, rebosante de benévolo sentido común, la mandó a dormir a su casa.
Pocos días después Gladys estuvo a punto de cocinar a su hija en agua hirviendo. Incendió la casa y terminó confinada en un psiquiátrico. La niña rubia creció en un orfanato.


Vaya usted a saber cómo cuernos llegaría a ser Marilyn Monroe.