Rubén Cárcamo Bourgade

domingo

CARTA CON DESGANO

Siguen cosas pendientes que no quiero apurar. No quiero leer. Ni ver TV. Ni escuchar música.
Tengo un desgano apabullante.
Hizo un frío de esos que parten la cara pero dentro de la casa. Tus reflexiones son profundas y verdaderas. Todo es cierto. Yo sentí asombro, confusión e ira. Pero le prodigo el mayor afecto y sólo me preocupa la soledad, que sospecho, lo ronda. Tal vez me equivoque. Pero como dices y es lo mejor; está con su verdad y eso sí que es estar en paz...
El viernes fui a Viña del Mar por el edificio que estamos construyendo, almorcé con Eduardo Contreras Gardewerg, a quien conozco desde 1987. Estaba en retiro forzado y lo hice trabajar conmigo. También estaba nuestro joven arquitecto, David Butelmann,... acaba de ser padre por segunda vez. Ya podrás calcular qué tan joven es. Fue un buen almuerzo en el Samoiedo, un lugar clásico en Viña que en mi opinión nunca ha tenido nada de especial, es más bien feo, al contrario de algunos cafés de Valparaíso que ya cerraron, como el Café Vienés o el viejo Café Riquet. Tal vez por ello recordamos el Café Tortoni de Buenos Aires y lo difícil que es conseguir alguna mesa. Al menos mentalmente estuvimos cafeteando allí. Ha perdido público juvenil el Samoiedo y hacen nata los nostálgicos, a los cuales el sujeto que te escribe; no pertenece. Yo quería comer masas y como ambos son diabéticos, le hicieron el quite y me adapté a su pedido pero como represalia,… me comí sus postres. El Samoiedo ya está pedido; se morirá.
De allí partí a ver a mi madre, que vive en casa de mi hermana en Quilpué. Había estado un poco mal de salud. Mi abrazo fue un poco más intenso que de costumbre y tuve malos presagios. Habitualmente la llamaba todos los días porque en cierta medida mi trabajo era rutinario, dócil y pausado. Me quedo pensando en esta palabra que es de crepúsculo sosegado al devenir inmóvil de una tarde de provincia. Pero desde que me hice cargo de las obras, todo ha sido un vértigo que me consume los días a una velocidad que no permite saber ni en qué día de la semana estás. Me detengo nuevamente a cavilar sobre lo que te digo y se vienen las palabras fulminante, chispa, eficiencia y aprehendo lo insulso del vértigo; la nada. Descubro que en esas reuniones de alta eficiencia que le llaman, a veces pierdo el hilo de la conversación y me flagelo por mi falta de solidez con la nada.
La encontré – a mi madre - muy bien físicamente sin embargo, por primera vez atisbo la senilidad en ella. Su falta de consistencia en mantener una conversación. Frases breves, Cosas reiteradas. No pudo comentarme latamente como acostumbraba, sobre la visita de un hijo de mi prima Angélica. Pero me miró con su dulzura quieta de siempre y con esos ojos inmensos por el aumento de sus lentes también grandes.  Tengo presbicia: 2,5.     Sigo siendo su hijo preferido a pesar del cariño inmenso que le prodigan mis hermanas. Soy el más hermoso y el más inteligente...¡Qué se le va a hacer! Hay que dejarse querer. Decidí pasar la noche con ella. La verdad,… iba con mi pijama por si la posibilidad de pernoctar se presentaba. Dormí con ella, dejándome abrazar. Me sentí hijo pequeño una vez más. Me acune en su pecho hasta que la venció el sueño. Después yo la acuné.
¿Me olvidará algún día? ¿Me confundirá y me nombrará como si yo fuera su hermano o su padre? ¿Por qué la mente empieza a confundir y herir con el olvido a lo aparentemente indestructible como son los lazos familiares?
Me habla de lo mucho que quiso a su hermano Pepe y un terror inmenso me sospecho para cuando me diga: “quiero mucho a Pepe” o me llame lisa y llanamente; Pepe vamos a caminar   Una ansiedad por acercarme a ella y un miedo por alejarme de ella juegan frente a mis vacilaciones del hijo correcto. De verdad tengo miedo cuando me diga:
Joven es usted muy amable ¿Lo conozco? ¿Ha visto a mi hermano?
Me ha preguntado: ¿Como están las niñas?
Y le respondo: A mí tambien me gustaría saberlo.
Las niñas - mis hijas- ya han abandonado el nido.
Quiero preguntarle de sus novios, de su viudez a los 36 años y su niñez que se negó a pronunciar durante casi toda su vida; cuando lo hizo suspiró y creí – en la soberbia  de mi inteligencia - que repetía balbuceos aprendidos de radioteatro, tangos y boleros plagados de lugares comunes en películas de matiné.
Quiero preguntarle antes que se olvide…antes que me olvide…
¿Por qué crees en Dios? ¿En los santos? ¿En la certeza de tus rezos?
¿Por qué me quieres?
Hace unos años acompañé a Manolo Gaete a casa de su madre después de un Ai-Trufus. Detenidos frente a las puertas del garage,   Manolo me confiesa antes de bajarse del auto:
- Mi vieja tiene Alzheimer. No sabe quien va a entrar esta noche a su casa.
Percibí su dolor inmenso y un miedo que no me confesó. Sospecho que era el miedo de ser un desconocido para la autora de sus días y ella denunciase un asalto.
Raquel, mi madre, duerme profundamente siete horas sin roncar. Se levanta y vuelve a acostarse para dormir otras tres horas más. Es demasiado. La envidio. Yo, que estaba despierto desde las cuatro de la mañana (viendo tele muda; futbol.) no me atrevía a levantarme para no despertarla. Me sorprendió la solidez y contundencia de su cuerpo. Es fuerte y macisa, ni asomo de encogimiento. Sus huesos no han sufrido deterioro y camina erguida. No aparenta la verdadera edad que tiene. Me sonreí porque recordé su frase para el bronce; ¡estoy regia! Acabo de sacar las cuentas y tienen 86 años. La verdad es que su cuerpo está impecable.
Partí en punta de pies a ducharme, me preparé un café y destapé al canario que me miró sorprendido e inquisitivamente. Vi las bicicletas de mis sobrinos desarmadas y el patio en el que pintaba mis obras de febril alucinación adolescente, me pareció más pequeño que nunca.
Es la casa de mi abuela donde vive mi madre con mi hermana. Sigue luminosa. Recorrí sus cimientos y muros exteriores para mirar qué le ha hecho el tiempo. Casi nada. El balcón de lo que fue mi pieza ya no tiene sus balaustres de madera calada con ese estilo de casa suiza. Los tiene de metal frío y eterno como las rejas de los mausoleo donde no llegarán jamás las golondrinas sus nidos a colgar y nadie se sienta en él para divagar con sus vuelos rasantes al atardecer  Allí duerme mi sobrina y es el mejor de los dormitorios,  pero por dios que se ve pequeño el inmenso universo que habité. Salí a comprar el diario del sábado y el barrio me pareció desgastado y con arreglos de poca monta. El cielo estaba azul y el sol tibio. A Quilpué se le conoce como la ciudad del sol. Vi viejos vecinos que me miraron con respeto pero que no reconocí. También una chica me saludó cortésmente con una sonrisa de complicidad esa que dice: ¿No te acuerdas de mí? La saludé con una sonrisa que decía: sí; me acuerdo de usted.
Hay gente nueva y mayor de edad que ha llegado a ocupar viejas casa. Y pensar que me crié entre construcciones  y jugué en sus fundaciones. Había muchos terrenos desocupados donde jugábamos un picado (para ti) o pichanga (para mí). Pasé sobre la que fue nuestra cancha de fútbol. Sobre ellas hay unas mini casas que se plantaron sobre nuestra mesa, tapete y mantel de alegría abstracta,  pero a ti que no te gusta el fútbol, ni siquiera intentaré explicarte lo que sentí cuando pude emitir un disparo al arco con una curva perfecta cuyo destino era una mentira para el ocasional arquero petrificado entre las dos piedras de un rectángulo imaginario. Cruza un jilguero el aire y repite la curva hacia un rostro infantil que se pasma pues no sabe dónde el ave esconde su vuelo. Siempre soñé que mis disparos al arco eran vuelos de aves.
Hoy abundan los muros y techos mal pintados. Pero los jardines tiene los helechos esplendorosos y las flores preferidas del lugar siguen siendo los cardenales. Todo pareciera estar más confinado, delimitado, casi celdas de lo que fue un patio inmenso donde se asolearon mis primeros amores y los perros bajo los agónicos naranjos del crepúsculo. Contra el cielo se recortan las aspas de los viejos molinos que abastecían de agua las casas-quintas. Están quietos y adivino sus girar en cada tarde. Sí; viven todavía  y creo escuchar su trac-trac.
Miré las casas donde vi crecer a mis vecinas que eran pequeñas y hermosas. Allí tuvieron sus hijos. Los árboles, que fueron apenas varas, estaban gruesos y desnudos, recién podados y sobre la fachada de la casa de las que no estaban, colgaba un letrero que decía: ”SE VENDE
Voy a hacer ñoquis - les dije. Me miraron asombrados.
-  Les dije que yo quería comer masas.
Salí con mi madre a comprar, papas, apio, tomates pomarola en conserva, tomates frescos, callampas secas, aceite de oliva, pesto, ricotta… y ella con su risita cómplice cargaba el carro con su leche sbelt, su endulzante, sus galletas de trigo como diciéndome: ¿Puedo? Yo la miraba cuando caminaba a mi lado, un poco más lento que de costumbre pero con la espalda recta. Por eso es que su aspecto engaña. Se ve regia. ¡Cómo para un desfile! También compré queso gruyére, su preferido y un camenére Casl de Gorchs para beber mientras cocinaba. Si es ñoqui, se cocina en familia y bebiendo. Amasé recordando los millones y miles de millones de ñoquis que hicimos con mi abuela en esa cocina. Me quedaron de miedo.
Antonella, se encargó de poner la mesa y presentar esos ñoquis a los comensales.
La sobremesa fue para asombrarnos de los viejos corruptos, ahora en la oposición, de las fotos del viaje que mi hermana hizo a Europa para asistir a la boda de la hija de una amiga. Me cuenta sorprendida que al cruzar la frontera de Suiza a Francia  a su amiga residente, a quien no veía desde hacia mucho tiempo, morena, le pedían los documentos y a ella que no habla ni una pizca de francés; no. Francia, la patria de mi abuelo no pierde su arrogancia. Nadie sueña con sus posibles playas bajo los adoquines de Paris,  si no con jubilaciones y deportaciones.
Su indisimulado orgullo por alojarse en un castillo francés tipo Carcassone,  tuvo como represalia la larga espera que la obligué a tomar mientras preparaba esos ñoquis;  por no traerme un souvenir de La Bourgade.
Comimos torta “de tres leches”, café moka y conversamos hasta que oscureció.
Regresé en bus a Santiago.
Fue un fin de semana intenso. Creo que estoy lleno de felicidad y de emociones íntimas. Por eso tengo un desgano apabullante.

¿Ya te dormiste?
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