Rubén Cárcamo Bourgade

sábado

1.- LA CARTA DEL KUCHO...Es domingo. hace 10 años

Es domingo temprano o casi media mañana. Todas las puertas abiertas. Con Sonia aun no logramos disipar el olor a cigarros y tragos que empapan la casa desde la noche anterior.
Tamara celebró su cumpleaños vigésimo cuarto; el cual coincidió con su fin de semestre. 30 ejemplares con sus gónadas y testosteronas en casa. Curso completo. Qué manera de haber veterinarios. Buena música, cantos. “Cumpleaños feliz”. “Yo soy el rey”, “Porque es un buen compañero” y “El galeón español”. Por  lo cual regresé a mi dormitorio a mirar History Channel, tal vez un desembarco histórico o un regreso de la luna a la realidad de la tierra; acaso por qué se extinguieron los dinosaurios. o la cruza de los rinocerontes blancos en vías de extinción o las nuevas excavaciones en la pirámides del Nilo o peor aún; ver el regreso de La Momia en blanco y negro.
Baile hasta las cuatro de la mañana. Hora en la que creo haberme dormido. Sonia dormía desde antes gracias a unas pastillas. Tan ocurrente. Son casi treinta años menos que nosotros a todo carrete. Además de que se notan; se ven.
Desde temprano estábamos con Sonia en pijamas haciendo recuento porque más de alguno se quedó a dormir. Menos mal que a ninguno se le ocurrió dormir en el living. Habrá que empezar a preparar los caldos reponedores.
Buscaba el Cif en la despensa de la cocina para limpiar los cubiertos, sacar el resto de torta de chocolate de los platos y pulir el cenicero de aluminio que hizo mi padre y que yo repliqué en piedra combarbalita. En eso estaba cuando aparece JK en la cocina.
- Hola Rubencito.
Levanto la cabeza y allí está JK estirándome la mano, con su sonrisa de labios apretados.
¡Crestas! si podrían haber asesinado a ese par de ancianos por un descuido de dejar la puerta abierta.
Nadie sintió abrir el portón de la reja. No sonó el timbre y JK con su habitual confianza no halló nada mejor que entrar a saludar sin avisar de su llegada.
Ya había concluido de botar restos de vodka, vino en caja, sour y cerveza.
Se salvaron casi todos los vasos. Buenos los muchachos. Aunque desconfiado como soy, escondí todos mis discos de colección, los que en la última ocasión habían sido retirados inescrupulosamente de sus cajas para no volver nunca más. Lección aprendida.
El que me estiraba la mano: J.K. no era John Kennedy si no Jorge Kornbluth Kilverstein. Se aproxima J.K. presuroso, por lo cual se me hace difícil enfocarlo. Nunca ha sido bueno para tomar distancia.
- Oye, oye, ¿Qué decía la carta del Cucho?
- ¿Cuál carta?
- La respuesta que diste a su carta. La última que mandaste por e-mail.
- De que los años pasan…
- Sí. Pero que decía.
- Nada. . . De que los años pasan al comparar unas fotos de los años 71 con otras fotos de los años 2004. De cuando éramos universitarios y los gerontes en que nos convertimos.
El número 2004 me recuerda la película de Stanley Kubrick, 2001: Odisea en el espacio; donde el mono, que es 1971, lanza al aire ese hueso que le ha servido de herramienta criminal y ya en el aire se transforma en la nave espacial que es el 2004. Colosal síntesis. Al fin pude escribirla.
- ¿Eso?
- Si eso...
- Bueno Rubén,... gracias por tu gestión con los departamentos. Acabo de averiguar que vendieron uno en 22 millones. Averíguame por los otros. Claro que son más grandes. Son buenos. Son de los tiempos de la Corvi, no como ahora que son todos Copeva. Antes construía el estado ahora construyen los privados.
Juro que traté de reírme, al comprobar que J.K., derechista furibundo, extrañe la construcción del estado.
- Chao Sonita.
Lo acompaño hacia el portón, sin que se me note el susto que me ha dado.
- Ahora con el Metro aquí cerca, todo va a ser más caro. ¿Qué decía la carta del Cucho? Yo creí que había pasado algo.-  Insiste mientras se despide.
- No; nada.
Salgo con él hacia la calle he intento iniciar una caminata hacia Bilbao, pero JK gira, como si estuviera danzando y se dirige hacia el otro lado; Myflowers. La calle donde vivió Jorge Abarca cuando su madre trabajaba en la embajada de Italia. Alguna vez en una noche de verano seguí a Jorge Abarca hasta su casa de infancia en su Búsqueda del Tiempo Perdido. Es como acompañar misericordiosamente a un amigo al cementerio. Hay que ser generosos y escuchar con recogimiento los recuerdos de la infancia y esperar que de igual modo después tengan piedad con uno. Nada se pierde todo se transforma.
JK se va un poco encorvado con las manos en los bolsillos a la luz del tibio sol que está allí en la vereda iluminando sus pisadas. Se da vuelta y me grita sonriendo:
- ¡Y no me comí todo!
Es un bonito día de invierno y JK camina feliz. Noto que estoy con las pantuflas puestas. Mientras cierro el portón y se me abalanzan los perros saltando hacia mis piernas como si regresara de la guerra o de unos de mis viajes del centro de la tierra o de las 20.000 leguas de viaje submarino me pregunto: ¿qué habrá leído JK? Parecía buscar una noticia directa y no el sentimiento que en esas líneas estaban llenas de volutas, cornucopias, divagaciones, retórica decimonónica y barroco latino a lo Alejo Carpentier.
La búsqueda de JK era directa y muy lejana a una divagación. ¿Qué decía la carta del Cucho?
Me pregunto: ¿qué creyó que decía la carta del Cucho? JK quiere ver más allá de sus narices. Lo que dice esa carta es lo que está dicho. Es una parte de la verdad. JK quiere una parte de la verdad. La que no ha leído, ya que sólo conoce mi respuesta a esa carta. Seguro. Pero no hay verdad. Solo hay un nebulosa divagación acerca de nada. JK quiere una lectura fiel del texto, la cual incluye lo que no ha leído.
¿Qué es lo importante; el texto o el lector?
Aquí el relato está a punto de alcanzar vuelo propio e imaginativo pero decido asirme estrictamente a los hechos. Si no, alguien más insistirá en la búsqueda de respuestas a preguntas que no existen. Entro.

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Rubén querido:
Aquí estoy, no sé si sonriente o pensativo, no sé si contento o preocupado (pero seguramente más contento que lo otro) leyendo tu “e-mail” que desmiente al correo electrónico, que desbarata cagado de la risa todo el impersonalismo, la pura instantaneidad, el puro presente sin pasado y sin futuro que nos quieren meter de contrabando para que olvidemos (pero ahora sí bien olvidados, sepultados) nuestros sueños y nuestros ideales y hasta nuestras personales voladas. Y te digo contento y preocupado por eso de mi “secreto que ya no es tal y que se comenta aunque daquella boca tuya no salga palabra”. Lo sé y es lindo que lo lindo ande bajo el sol. Mi preocupación proviene más bien del pasado próximo, pero ya tan remoto, Eso queda como un reflejo condicionado que te hace caminar con ojos en la espalda. Pero este domingo recibimos la bendición apostólica de Pablo Mondragón y su esposa doña Paca, quienes lloraron (y no es retórica) de emoción por esta noticia, que de algún modo adivinaban pero que les resultaba tan increíble que se negaban a creérsela. Yo tampoco me la puedo creer, y a veces pienso que nunca salí de adentro de la travesía al fondo del olvido, que me quedé encerrado en sus páginas, y que de repente alguien va a dejar de leerme y pasaré al olvido.

Como siempre, el calor del ai trufus convoca a viejos cófrades, y se deja sentir con tanta fuerza que el frío no se siente por tanto tiempo como perdura el recuerdo del rito. Sin pretender institucionalizar aquello que es convocado por el espíritu y no por el calendario, bueno sería que el frío, la nostalgia o la náusea nos convocaran con más frecuencia. Y ojalá podamos reunir a más de nosotros: cada vez que uno nuevo aparece es como un pedazo de un rompecabezas que no termina de armarse y que mantiene nuestra memoria en estado de mito y leyenda, de íntima mentira y de sueño. Tengo miedo que algún día nos pudiéramos juntar todos, a lo mejor entonces nos daríamos cuenta que todo es mentira, que todo no fue más que un montón de trivialidades, que todo no pasó más que en unos pocos años y no en una eternidad de la que terminó arrancándonos la vida, que la Paty Cofré no existió nunca, que la inventamos entre todos, que no puede ser que todo eso que aún creemos que pasó haya podido ser verdad, porque la vida “de verdad” no es así, que yo, por lo tanto, jamás vi unos ojos azules que estaban al otro lado de la trinchera, que Rubén Cárcamo no se ensonió ni entró en ensoniación por aquel entonces, que Pancho y Juan no han muerto, que están “allá afuera”, y que mandaron un mail excusándose por no poder venir, pero que igual nos quieren mucho y etc, etc. Que cómo se nos puede ocurrir que Juan Luis es director de la Escuela y que tenemos en el taller un alumno que se llama Eduardo Arenas y que es igual al Lalo Arenas y además su hijo, y que una tal Pía Giannoni circula por Playa Ancha, diciendo que es hija del Vitucho. Que el Lolo Vásquez está pololeando con la Antonieta Surawski ¡es suwrealista!. Tengo miedo de eso. No nos juntemos nunca TODOS, que siempre falte uno o más de uno, sólo así persiste el recuerdo.


¡Ah! Y respecto de la cuota, te recuerdo que te pagué $10.000 al irme, por lo tanto soy acreedor a una dosis más de vino (¿podría ser el navegado que no me tomé o, en su defecto, un guisquicito que haya sobrado en el fondo turbio de un vaso trasnochado?). Yo quisiera haberlos recibido alguna vez en mi casa de Viña, pero, ya ves, la vida me dejó sin casa, y ahora sólo habito en un corazón, grande, sí, como una casa, y en la que caben todos, pero en que no los puedo tener físicamente. Algún día, cuando ya las urgencias de la próstata nos mantengan ocupados, los recibiré en algo más (y algo menos) que un corazón, con una dueña de casa cuyos ojos reemplazarán al mar del que ahora disfruto en la soledad de mi dos ambientes, vista al mar. Pero eso será en un futuro aún incierto y, por supuesto, espero que no se les ocurra venir a todos, porque Pancho Montaner dejaría los platos sin lavar, como lo hacía en esos años mitológicos cuando cohabitamos fraternalmente junto a mi hermano monseñor, y nos preguntaríamos por qué la Paty Cofré no sale nunca del baño, y por qué Julio Sanhueza camina tan raro ahora y hasta por qué al encargado de avisarle se le olvidó llamar al Chico Ramírez.
Un abrazo consistente, denso macizo, acompañado de un gesto tan fraterno y formidable como un beso (esta frase no es mía, no sé donde la leí)