Rubén Cárcamo Bourgade

domingo

TORIBIO MERINO


Cada vez que lo escuchaba me preguntaba si tenía un problema de labio leporino mal suturado, estaba ebrio o se hacía. Pero el sujeto en comento era un tipo extravagante, que no se quedaba en chicas, partidario de una tercera guerra mundial, genial en sus insultos. ¡Mire que tratar de auquénidos metamorfoseados a los bolivianos! ¡De humanoides a los comunistas! Con ello le quitó toda condición humana y por lo tanto ni sueñen en tener derechos. 

Los bufonescos martes de Merino era esperados por los sujetos de una incipiente farándula para exponer lo que él era; la versión intolerante de una mente desquiciada. Un iluminado debe haber creído que era. Seguramente tocado por la mano de Dios o acaso algo de menor importancia, como que el destino invocado por la providencia, también divina, lo habilitó como intérprete de la ira del Señor. Barrer con el ateísmo destructor debió ser su norte.
La derogación del aborto terapéutico tenía que ver con esa devoción por la virgen, por la divina providencia. ¡Qué cosa eso de la fijación con la virginidad!
Como todos los creyentes tenía siempre la razón, porque si bien era solo un marino, tenía aliados poderosos y pitutos notables en la institución de Dios, como el Prefecto Emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y eso era - ¿o es? - el acceso directo a la puerta de los cielos. Claro.
Gabriel Valdés Subercaseaux, el conde, cuenta en sus Memorias que siendo ministro de relaciones exteriores, apareció en su despacho un capitán de navío llamado Toribio Merino, subjefe del Estado Mayor de la Armada, a manifestarle que la flota argentina viajaría a hacer mantencion y que ese era el momento de destruirla por lo cual solicitaba su autorización para iniciar el ataque.
Quizás la anécdota está descontextualizada y carece de los matices que permitirían hacerla comprensible y consecuente con la reconocida agudeza intelectual del almirante pero qué desparpajo surrealista el del capitán aquel año del 64.
Escribió sus Memorias y los cadetes la tienen como lectura obligatoria, porque “si por desgracia se llegara a repetir una situación como la conocida, la lección está dada”. ¿O no se sabe acaso que las universidades porteñas son probables objetivos de ataque? El año recién pasado, los estudiantes en toma de la facultad de Arquitectura de Valparaíso, no lo saben, pero estuvieron rodeados no por caritas felices exactamente, sino por nocturnas caritas pintadas observando al enemigo interno.
Que sus Memorias sean lectura obligatoria me parece, en palabras del Almirante: “un espectáculo de inmoralidad que dan al resto de la juventud”.
Merino se insubordinó contra su superior directo, el Almirante y Comandante en Jefe de la Armada, Raúl Montero. Se autoproclamó Comandante en Jefe. Dicen que eso es alta traición en el terrestre mundo marinero y motín a bordo allá en el mar. Pero qué importa si hay principios superiores mandatados resguardar por dios mismo.
La Asociación de Marinos Constitucionalistas y otras organizaciones me han hecho llegar un petitorio para el retiro de la esfinge a Merino y la remoción del nombre Merino de un navío y de un auditorio. NO LO VOY A FIRMAR. No es para tanto, es un monumento estulto y un auditorio para sordos de muy escaso vuelo intelectual dicho con mucho respeto a los verdaderos sordos. ¿Alguien sabe quien fue el Almirante Neff? ¿El Almirante Gómez Carreño?  No. Sí, ya sé que usted sí sabe que fueron "Marinos Ilustres" y no exactamente por combates navales en defensa de la soberanía nacional, pero usted es casi nadie. Y si hay un monumento a Condorito y hasta al pene, uno más, qué más da. Debemos ser tolerantes. En una de esas, algún accesorio de la estatua se transforma en un talismán como el deodo gordo del selkman en el monumento a Hernando de Magallanes o la teta de Julieta en Verona. (Juro que quise escribir dedo en vez de deodo, pero la asociación ilícita con beodo se me salió).
Sugiero que, al estilo añorado del almirante en comento, el auditorio se llame “Auditorio Cochayuyo Merino”. Pero el navío, el navío que se llame como quieran, porque se pudre y se deshuesa o se hunde.
Todo esto parece anecdótico, risible, chistoso y hasta simpático pero la estatua que simboliza ni más ni menos, el golpe Militar-Empresarial del 73 fue financiada por Eliodoro Matte, Ricardo Claro, Roberto Kelly, Juan Hurtado, Gonzalo Vial, Tsuyoshi Nichimura, Pedro Tomás Alliende, Ramón Covarrubias, Sergio de Castro, Jorge Claro, Félix Bacigalupo, Santiago Lorca, Felipe Lamarca, Bruno Phillipi, Wolf Von Appel, Andrés Concha, Roberto de Andraca, Hernán Büchi, Gonzalo Bofill, Alberto Kassis, Carlos Cáceres, Manuel Ariztía, Hernán Briones, Eugenio Heiremans y José Avayú la pléyade empresarial, o sea la ponderada oligarquía nacional.
La estatua, mucho más bella y más ofensiva que el bodrio instalado en la Plaza de Armas de Santiago en homenaje a los pueblos originarios, no debe pasar a retiro porque visibiliza el nudo indisoluble entre el brazo de la fuerza y la oligarquía, porque ese brazo está subordinado al poder civil, a ese poder. De allí le viene a la Armada el don de la impunidad y la prepotencia. El brazo con la mano en la visera de la gorra, ya sabemos a quien saluda.