Rubén Cárcamo Bourgade

jueves

REÑACA BLUES de José Agustín Vásquez (LoLo)


En la UCI (intermedios, no intensivos, no te vayás a asustar, Camilita) de esta clínica las visitas estaban restringidas: sólo hasta las seis de la tarde y de a dos visitantes por vez. Por eso, cuando recibí anteayer por la tarde, ya avanzada, el llamado de Jorge Kornbluth avisándome que mis amigos de la secreta logia del Club de Toby (el mismo Jorge, el otro Jorge, Fernando y Rubén), sin preguntar nada, sin llamarme, sin llamar a la clínica, y sin más noticias que haber escuchado quizás donde que el Cucho Vásquez estaba "grave" en la clínica, habían tomado la iniciativa de montarse a un auto y partir de Santiago a verme, lo primero que pensé fue "atado de viejos locos": van a llegar, los van a parar en la puerta, no los van a dejar entrar, me van a llamar para que yo, el enfermo, interceda con alguien (yo, que estoy conectado a setenta mangueras, sensores, alarmas, lucecitas y agujas), no podré hacer nada, y se van a devolver a Santiago furiosos, frustrados y acalorados, no sin antes haber pasado a algún barcito ad-hoc a ahogar la furia en whisky (todos menos Fernando, que es el que maneja y que es muy, pero muy, responsable). Les dije que se devolvieran, que iban a perder el viaje (no sé si con la esperanza remota que lo hicieran, porque iban a llegar tarde, yo iba a estar cansado, estaba en un box de cuidados intermedios en el que apenas cabía yo, me iban a estar poniendo inyecciones, qué sé yo). Pero cómo le haces entender cualquier cosa a un montón de viejos casi sesentones, que están viviendo la aventura de partir sin aviso a ver al amigo enfermo, que les importa un bledo que no los dejen entrar, porque si no pueden igual habrán vivido la transgresión al tiempo cotidiano, a la rutina, a la sola disponibilidad para sí mismos, para emprender la aventura transgresora hacia el encuentro, hacia ese vuelco ontológico que es la disponibilidad para el Otro, hacia esa bella transgresión de la rutina que es la conversación, tan diferente al diálogo, al monólogo o a la polémica. Así es que no insistí más. A la hora y tanto me llama de nuevo JK, ahora desde la cafetería de la clínica, que están tomándose un café esperando porque alguien les dijo que "tal vez" otro alguien los iba a autorizar "más tarde", así es que me pedía "que me quedara tranquilo", que "no me impacientara", porque los cuatro carcamales tarde o temprano aparecerían. Pasó la hora, y me llama de nuevo el mismo JK (vocero sempiterno del Club de Toby, entre paréntesis, formado por un ex ultraderechista reconvertido al anarquismo, como yo, un ex comunista convertido a algo que está más a la izquierda, como el otro Jorge, un judío liberal y poco ortodoxo (JK), un concertacionista desconcertado, Fernando, y un ex DC de izquierda convertido a la poesía, Rubén), para decirme que "la señorita dijo que no se podía pasar", y que se daban por satisfechos con haber llegado. Pero ahora me llegó a mí la hora de la furia y la frustración, y apreté mi timbre para exigir la presencia de la enfermera de sala, a quién enfrenté al hecho que se trataba de cuatro vejetes que habían hecho el viaje desde Santiago para ver al menos vejete pero el más apolillado del club, y que ella, como profesional de la salud, debía entender que todas esas normas podían ser aplicadas, si acaso, al régimen carcelario, pero no a una clínica en la que, se supone, están preocupados por el bienestar físico y espiritual de los pacientes, y que para mi bienestar espiritual sería altamente provechoso poder ver a estos sacrificados ancianos, aunque fuera diez minutitos, y que pesaría sobre su conciencia burocrática si yo muriera esa noche sin haber visto esos rostros arrugados, de pelo cano, pero que para mí eran, en ese momento, los más bellos rostros que yo podía imaginar: los rostros de mis mejores amigos. Luego de lo cual fueron autorizados a pasar, de a dos en fondo y por no más de diez minutos. Esa visita, querida Camila Fernández, valió por mucho más que todas las heparinas del mundo. El epílogo fue estos 4 personajes, en el Tierra de Fuego, comiendo mariscos varios con un Chardonay heladito, brindando por su amigo y por ellos mismos, antes de emprender el regreso. Yo "me quedé triste en el crepúsculo del hospital". Vuelvan muchachos.
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CALETABARCA  Guaracha al otro lado del espejo...


Así es;  los cuatro carcamales fueron al rescate del quinto carcamal que se hace el joven y que condescendientemente le decimos Lolo ... un poco por amor, un poco por piedad y un poco por envidia. 
Recordemos: Los viejos - a los  buses me refiero - partían con destino a viña, con sus canastos sobre el techo cargados de huevos duros, gallinas, queso fresco y las tortillas. Cada uno y cada cual recordó a sus mejores sanguches, de aquellos viajes epopéyicos,  de aquellos “donde pasan cosas” según el léxico tufoso de Germán Arestizábal. Ganó por mayoría el sanguche de jamón con palta en marraqueta, de la estación Llay Llay  y de cuando había trenes.
Los nuevos viejos - a los que me refiero ahora -  pasamos a un gasolinera y nos recargarnos con bebidas en lata, agua en botella - sin gas -  para el chofer del 4 x 4 y una cosa verde que chorreaba. Me dijeron que era palta. Y algo con aspecto de carne que le llamaron churrasco-palta, sin sal y ni siquiera ni una sola ameba. Íbamos predestinados a no contaminar la gravedad que sospechamos aquejaba al más joven grano del choclo. 
Y en choclón partimos cacareando ironías al por mayor en el bullente Aitrufus móvil. (La nave de los "galáxicos"*) al encuentro de nuestro guerrero y combatiente permanente con el lado oscuro de la Fuerza.
Cómo sería el vocerío,  que sólo recuerdo la nuca de Fernando, la oreja parabólica de JK y el reflejo de mi rostro y el paisaje en los lentes de Jorge. El paisaje parece que pasó detrás de todo eso. El parloteo se oscureció dos veces. Las dos veces que pasamos por los túneles. Marchábamos tranquilos, porque el diagnóstico ya lo conocíamos, a pesar de la cavernosa voz que nos repetía desde el otro lado de la antena.
- No se preocupen estoy bien. No sean locos. No vengan.- Y parecía la voz de Luke Skywalker después del corte de manga que le hixo Dartl Vander.
A este Luke le habrán cortado el tendón pero no la lengua, ni las ganas de parlotearnos y recriminarnos como debe ser. Así es que ahí íbamos... en la nave Landspeerder lanzados a la velocidad de la luz que son nuestros viajes al pasado por la autopista DAU ( Del Aitrufiano Universo).
Cada cierto tiempo miraba, cauteloso,  el velocímetro de la nave Landspeeder 4x4 que tripulaba Kenobi  Albert con sus androides parlanchines, no fuera a ser cosa que la pata la hundiera en el acelerador. Pero Kenobi Albert; sereno él, mantuvo su dedo gordo inconmovible en el pedal a pesar de los chistes de Chewbacca - JK,  chistes subidos de tono por supuesto,  de los soponcios de Jedi Jorge que se elevaba a la altura de lo procaz que significa oír el doble sentido, más bien unidireccional de Chewbacca – JK.  Nos reímos hasta el hipo del origen de las especies. De allí que me sorprenda tanto la serenidad inalterable del dedo gordo de Kenobi Albert, la oreja parabólica de  Chewbacca – JK y los lentes prístinos - donde uno se refleja -  del Jedi Jorge. (Me acabo de dar cuenta que el dedo gordo de Kenobi Albert, no tiene sentido del humor, solo tiene orientación: fuerte y derecho)
A la clínica llegamos afinando la puntería de calle en calle y a la cola de un taxi colectivo que sabía para donde iba, porque nosotros no. 
Llegamos tarde así es que no se puede. 
-  Pero es que de dónde venimos miss. -
-  No se puede.  -  
- Conmuévase miss. - Los conmovidos éramos nosotros, por su factura hecha para receta médica.  
- Hay ronda de médicos - nos dijo parpadeando a lo voraz de nuestros ojos:
 - No se puede -  Insistió. 
La princesa Leia Organa  - que estaba orgásmica - era incólume a nuestros encantos. Qué decepción. Ya no estamos para conmover a nadie. ¡Qué Stars Wars ni qué ocho cuartos!;  de una pestañada nos pusieron en el contexto histórico.
-          JK;  llama al Cucho y que se entere ahora mismo:   cagamos.
Decidimos ir a la cafetería donde nuestro tema de conversación fue; los achaques. ¡Chitas que estamos mal Cucho! Me bajó la autosugestión, creo que tengo lo mismo de mis amigos. Tengo que “hacerme ver”.
Apareció de nuevo, la princesa Leia Organa conmovida ahora, por la sesuda tesis argumental de Luke Skywalker metamorfoseado ahora en el  Doctor Cucho. No sé qué le dijo. Más bien no sé qué le hizo,  pero llegó – no voy a decir despeinada –  ...llegó como si de sus labios ya hubieran salido esas dos palabras milagrosas que mueven y conmueven al mundo mismo:
- ... Bueno, ya ... -
Nos hicieron la fumigación correspondiente...Y ahí estaba el muy lindo! Con su Notebook, sus libros y sus máquinas, tubitos, mangueras, chicharras y alarmas estroboscópicas, gráficos de todos los colores. Oye;  si parecía el arbolito de pascua mismo... y con tantas luces ...   ¡Un Flipper haciendo Tilt!  ...  ¡El mismo puente de mando de la nave de la Guerra de las Galaxias en persona! Y lo más peor ¡tenía una cañería embutida en el brazo, con llave de paso y todo!
Pero estaba sanito. Con todos sus deditos. Se los conté. Peinadito como niño de silabario. Peludito. Claro que sí; parecía un peluche. Se le achinaron los ojitos y una sonrisa que parecía la autopista DAU misma cruzó de lado a lado en esa cápsula espacial que era el habitáculo UCI que le dicen... Me recordó tanto a la perrita Laika...  que me afloraron unos vidriosos goterones de felicidad de puro verlo cagado de la risa celebrando nuestra llegada.
La emoción no deja hablar muy claro,  así que cuando nos despedimos, porque ya comenzábamos a levantar presión y los gráficos se alborotaban risueños,  le dimos el apretón de manos sin apretarlo mucho; no vaya ser cosa que se le saliera una manguera por un teflón mal instalado. Le dimos un chirlo en las orejas y le susurramos: te queremos mucho… palabras que son nuestro santo y seña para toda la vida.
* Dícese galáxico y no galáctico, porque esta última palabra está asociada a la palabra lácteo y la primera,  a la palabra laxo. :)