Rubén Cárcamo Bourgade

sábado

CARTA SIN ENVÍO



Dejo el librodices. Toma el libro te digo, tú no puedes dejarlo. No lo abandones porque hay que escribir,  ver,  conversar, acaramelar (mira que palabra más linda) hay mucho que abundar porque eres copioso,  encebollar,  hombrear,  imaginar,  sumar.  ENCONTRAR  o  iniciar esta carta que tal vez nunca te envíe.
No sé qué decir por timidez intelectual pero lo sé en el corazón. Lo que no sé es cómo. 
También sé que lo importante irá entre líneas porque los textos son más que ellos mismos.
He leído tus versos de dolor y nada se me ocurre. Nada. No por vacío sino por exceso. Todo es inmensidad cuando cierras los ojos. Allí estará al solo llamado,  el vacío. Está. Está todo lo incompleto y quien falta es el mayor vacío.  Podrá ser solo una parte de uno, incluso pequeña,  pero de una inmensidad que solo conoce quien lo tiene
Estamos llenos de sentimientos y el más intenso es el sentimiento del dolor y el sentimiento del vacío es peor.
Tú sabes que tengo amistades profundas y en nuestras conversaciones no sé explicar inteligentemente por qué siento agobio y rubor, cuando me enrostran mi presunta felicidad y se atreven a enumeran los hitos de la presunta. Seguramente se refiere al tercero que soy,  pero no al que sufre ahora contigo como una pálida sombra de tu dolor. Dolor que reconozco en mis pérdidas y ausencias. Incluso en lo que perderé mañana. 
Todos los días suceden cosas en el mundo que no se explican. Todos los días hablamos cosas que se olvidan, pero nunca se van al secreto del olvido  los nuestros frutos joviales.  Dios quiera que yo también sea un fruto.
Nos preguntamos dónde está el dios al que quisiera culpar, rezarle y llorarle por los crímenes no cometidos,  por las culpas impensables y llorar con lágrimas calientes de esas que arden dentro del corazón, a la estatura de dios, a la verdadera estatura del dolor.  Vaciarme es lo que quisiera,  del vacío.
La vida de los que amamos  nos infiltra las bodegas del alma sin que nos demos cuenta, desde la misma infancia, desde el trabajo,  los hijos, el matrimonio. Nadie llora específicamente la pérdida de la infancia o de un amor. Se llora por un todo acumulado  - casi anónimo y lejano -  cuando nos traspasa la fuga del tiempo.   No hasta que se acaban las lágrimas,  sino hasta que uno se vacia,  hasta ser otro; uno nuevo.

Llorar,  llorar rodando es lo correcto.

Releo, detenidamente, palabra por palabra lo que te escribo y me traspasa el recuerdo de todo lo que te he escrito hasta ahora.  También me traspasan los versos de la canción que escucho, nuestras celebraciones, iras, carcajadas, libaciones y ovaciones, complicidades perversas y pequeñas y  el territorio de un imperio único,  pero todo me parece vano, casi nada,  en la vastedad de la ausencia;  la que sufres.
También las imágenes, las palabras indefensas y más perpetuas que nosotros, las estrellas y pupitres, tus maestros y pupilos y el frío de las rocas que te ponen en la esquina de la realidad son inconmensurables,  hasta deshacerse en horas y distancias irreconocibles. Son de otra dimensión y de un lugar ajeno a nuestras historias. No parecemos nosotros en este trance y acaso lo somos más que nunca. ¿Cómo pudiera explicarlo,  si no en esta ambigüedad?
Dormir sin conciencia ni sueños y despertar a una infancia nueva, compañeros nuevos, padres nuevos y amores nuevos. Empezar de nuevo. Y todo lo que ocurre apenas es;  un nuevo día.    Y es bastante. Por eso te pido escuchar la Acuarela de esa canción.
Puedo dejar el texto hasta aquí,  porque ilumina un final,  pero sé que eso no existe. Acomodamos el nuevo día a quien queremos parecernos, con quien queremos estar.  Por eso se habla de construir el propio destino y encontrar al que se quiere ser.
Miro hacia ti con respeto inmenso. Desde afuera, desde la terraza si quieres, pero ninguna derrota es posible dada la construcción de tu vida.  Por supuesto que no.  La belleza está hecha sobre nuestros recuerdos y pesadillas y tú eres parte de mi belleza, querido amigo y de la belleza de muchos.

Como siempre; mi abrazo inmenso y el  gesto tan fraterno y  formidable como un beso,  que podrás cambiar, si me disculpas,  por un rezo.

Rubén.

Te dejo un texto de Fernando Pessoa para concluir esta carta que no envío:
“Cuando me encontré, me vi guardado. Pero no me importó. Estaba otro. Había convivido con Dios, siéndolo, y todo era fraterno para mí y yo era fraterno para todo. Cuando beso las piedras y los árboles y los rayos de luz, ellos también me besan. Esos besos son oraciones que yo y  las cosas  rezamos juntos, tan diosmente fraternos y agradecidos de ser.”