Rubén Cárcamo Bourgade

jueves

DE VEER


Vivimos en esa calle de Quilpué. ¿No es cierto cabros? Nos sentamos a fumar sobre la tapia de ladrillos, a observar la tarde que oscurecía cargada de golondrinas a la caza de zancudos "pero aquellas que el vuelo refrenaban, la hermosura y la dicha contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres, esas no volverán." (Te la sabes)

Salía música de Iracundos por las ventanas y el horizonte ondulaba de colinas. Porque si recuerdan estábamos en la falda de un suave lomaje.

Acuérdense, por niveles; ustedes, Juano, Gloria, Angélica, Tato, Maruja, Paty, yo y el flaco. De abajo hacia arriba. Estábamos en una pendiente orientada hacia donde se pone El Sol, la estación del tren.

Lo que no sabíamos era que en esa especie de anfiteatro sobre la pequeña cancha de fútbol de puras derrotas hubo asentamientos indígenas y muchas piedras tacitas que ya las habían hurtado y partido porque creyeron que dentro de ellas había oro. Genios.

Tampoco sabíamos porqué la calle se llamaba De Veer. Pues ahora sé que su nombre era Enrique de Veer y era el "ilustrado i laborioso" ocurrente vecino fundador de QUILPUÉ. Nada menos. Y nosotros - adiestrados en nombres de generales con chapitas, escaramuzas y políticos - apostando a que era el nombre de un teniente de la caballería ligera del imperio austro-húngaro. La calle tiene apenas siete cuadras, con cueva.

El dato lo trae La Lanceta de Quilpué de 1910 del Dr. Francisco Fonck, un alemán que atendió a mis tatarabuelos colonos cuando llegaron a Melipulli, que así se llamaba Puerto Montt antes de la colonización alemana.

El mundo es un pañuelo, pero si sabes zurcir.

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