Rubén Cárcamo Bourgade

sábado

19.- ALBERT SPEER




- Soy hijo y nieto de arquitectos, desciendo de una familia de la alta burguesía de Mannheim, rica, culta, de intensa vida social. Mi hijo también será arquitecto y mi hija parlamentaria de izquierda de la Alemania sin muro. Me voy de vacaciones con Margarete, mi mujer. Estoy en el tren. Llegan algunos amigos que me invitan a participar en un concurso de arquitectura. Me da lata. Quiero quedarme en el tren. Viajar hacia los montes de Austria y al sol destellante de sus cumbre que rebota en los pétalos de las edelweiss. Me bajan del tren. Gano el concurso.
- Conozco a Hitler y soy tal vez,...creo,...su único amigo aunque en verdad nunca llegué a conocerlo bien. En su comitiva siempre iban su chofer, su cocinero, su médico y yo, su arquitecto. Me nombra cuando cumplo los treinta y dos años, Inspector General de Edificación de la Capital del III Reich. Sobre ella planifico una monumental remodelación de su centro histórico, con avenidas inmensas y el rediseño de un centro político en el vértice del poder alemán, en torno a la Cancillería, sobre la que también decido instalar la residencia de mi Führer quien luego me nombra Ministro de Armamento y Munición del Ejército Alemán. Y como eficaz organizador hice durar la guerra, según muchos, dos años más.
- Albert; Berlín es una gran ciudad, pero no una ciudad cosmopolita. Oye; tenemos que superar a París y a Viena - me dijo Adolf, golpeándome el bíceps. 
- Welthaupstadt Germania, Albert, Welthaupstadt Germania.
Bajo el parámetro de diseñar la capital supragermana mi arte apuntó a la monumentalidad sin límites de la escala histórica y que jamás pudiere alguna vez alcanzar el hombre. Así lo hice cuando monté la gran escenografía en la noche inaugural de los juegos olímpicos de Berlín para iluminar con los potentes reflectores antiaéreos los negros cielos de la capital del Tercer Reich que abrió la boca de asombro a cónsules y embajadores que murmuraban: “ he aquí una catedral de luz”. Dentro del vano del Arco del Triunfo de Alemania cabrían diez arcos del triunfo franceses.
Bajo la cúpula de la Cancillería cabrían ciento veinte cúpulas de la basílica de San Pedro. Los proyectos que soñé para Alemania y para el mundo eran monumentales. Pero se acabaron cuando nos atacó el comunismo bolchevique y la usura desfachatada del sionismo.
- Me mantuve en la burbuja de lo correcto para mi Führer. Así como otros se empeñaron en ser poetas de Stalin, de Roossevelt, de Salomón, del Rey Sol, de Jesús de Akhenaton o de Dieciocho Conejos yo  sólo  fui un arquitecto empeñado en construir carreteras y museos para el pueblo alemán.  ¿Y en su país, señor, usted sabe quien fue el arquitecto o el poeta de su dictador de turno? ¿Ha sido él, juzgado por crímenes de lesa humanidad? Me temo que sólo se recuerda al general que los llevó a la guerra. Si estuvo del lado de los vencedores, hará la historia que le convenga para adiestrar a los futuros patriotas defensores de su patria, de su raza y discúlpeme usted este exabrupto.
- En fin... en los imperios se establece como política de estado, el gusto oficial. La verdad del rey y la verdad del Imperio son El realismo y La vida.
Amenofis IV abandonó Tebas y creó su propia ciudad: Tell El – Amarna.
Después de Carlo Magno, el gusto fue el de Dios pero también el de Allah.
Es en el Imperio de Felipe II, en el cual se encarga la construcción de ese otro templo de Salomón que es el palacio El Escorial.
Es Luis XIV, quien necesita un escenario para él y su corte. Igual hubiera podido afirmar "Le Gout c'est moi!"
El incomparable Castillo y Parque de Versalles son la razón -  junto con las óperas de Wagner -  para que Luis de Wittelsbach construyera a fines del siglo XIX los castillos de Neuschwanstein, Herrenchiemsee y Linderhof, al que bautizó "Meicost Ettal", un inversión de la famosa afirmación del Rey Sol: "L'État c'est moi"
¿Es casualidad que en el Tercer Mundo estén las ciudades modernas, como Chandigarh diseñada por Le Corbusier; Brasilia, por Lucio Costa y Oscar Niemeyer; Islamabad de Louis Khan; Abuja en Nigeria y Dodoma en Tanzania?
¿Son iniciativas faraónicas de gobernantes fuertes o son perversos experimentos del mundo desarrollado impuestos en los campos de experimentación del tercer mundo?
Los promotores del desarrollo lograron hacerlas identificar con el "progreso" o lo que ellos entienden por progreso, para legitimar sus intereses puramente comerciales.
Stalin purgaría el moderno constructivismo imponiendo el realismo socialista.
Los jóvenes maoístas, bajo el mando de "la banda de los cuatro" prohibirían a Shakespeare, Beethoven o Picasso con la misma lógica simplista y tremenda con que invirtieron los colores de los semáforos, convencidos de que se podía amordazar el arte, como eliminar a los gorriones que se comían el trigo. Caería en la siguiente temporada, la plaga de todos los insectos.
Pol Pot abandonaría a la voracidad perpetua de la selva los maravillosos templos de Angkor.
Los Talibanes, destruirían los milenarios y altísimos Budas de pie, tallados en la roca en el siglo IV, en el valle de Bamiyán en Afganistán y desde luego las Torres Gemelas; orgullo y gusto del nuevo imperio.
La plaga de Dios siempre es la estupidez humana.
¿Alguien pide un Mapocho navegable?
¿Por qué el Führer, amante también de Wagner, no podía reemplazar la muy moderna Bauhaus por mi historicísmo neoclásico y mi teoría de las ruinas para  que Berlín durara mil años más?
El gobierno de mi Führer fue el primer Estado industrial en los tiempos de la técnica moderna... Lo afirmaré en Nuremberg cuando me pidan cuentas... Me enjuiciarán por “uso de trabajo esclavo” como si nadie supiera de los Planes de Empleos Mínimos; PEM en Chile.
12 años después de contínuo trabajo sin vacaciones, solo quiero volver a subir a ese tren que parte hacia unos montes de sol.

Los recuerdos de Albert Speer me dicen por qué cayeron las torres del 11 de septiembre: . . .memento: te hominen esse.

La historia me la contó un día Miguel Ángel Alonso, arquitecto. En la ruta que va de Rancagua hacia Santiago. Apropiadamente en el restaurant Bavaria.

Plano de Berlin, Albert Speer. Grabado de Alexander Friedrich, 1941, Landesarchiv, Berlin