Rubén Cárcamo Bourgade

domingo

El Siglo de la Luces - TERESA HAMEL - Reñaca 67-73



Hace pocos días fui a Reñaca. Me encontré con una antigua compañera; Chantal Naudon y sus nietos. La última vez que la vi fue por el 81’, cuando nos despedíamos de la universidad para siempre. La reconocí. Ella a mí no. Lo que disfrazó con bramas de estupor. Tanto tiempo sin verte Chantal. ¿En qué estás? Dichas todas las preguntas y respuestas dispuestas para estas ocasiones, viramos hacia nuestros destinos. Giré hacia el paisaje.

Me encontré con un Reñaca edificado, de torres, amplias avenidas y esta vez la confusión fue mía. La aplaqué con el mutismo.

Tanto tiempo sin verte Reñaca. ¿En qué estás? Dicen que tus casas son hermosas; que tus jardines son hermosos. ¿En serio? Tu clima sigue luminoso y palpita todavía la evocación de una adolescencia feliz, de la discoteca Topsy, casas provenzales y los bungalows. Viejos compañeros se transformaron en académicos sobrados, en comerciantes sin escrúpulos y en oficiales de marina empalagados en esencia con notas de madera putrefacta; ese inconfundible aroma del retiro prematuro y culposo. Nada es como cuando estabas salvaje y agreste. Limpia. Tanto ha pasado, que ya olvidé tus bosques de pino sobre las dunas, los predios con esqueléticas alambradas y la casa de la elegante, natural y discreta;  TERESA HAMEL . Tremenda escritora, fina y millonaria.

La primera vez que la vi, con sus ojos y sus cabellos, me costó apartar la vista de ella, dice quien la conoció. TERESA HAMEL - la inmaterial de palidez lunar y de mirada penetrante pero más que nada escritora notable - mucho podría contarnos de los bosques de Reñaca y del arquitecto inconcluso, pianista aceptable y de seudónimo Jacqueline: ALEJO CARPENTIER.

En 1967 – mi año de Liceo - me encontré con una novela extraordinaria: El Siglo de las Luces, del cubano Alejo Carpentier. Nada recuerdo de ella y sí mucho de su atmósfera y de la construcción barroca de sus párrafos. Fue la primera vez que disfruté la manera de escribir, por sobre la trama de un relato con un placer orgásmico por el verbo, el prodigioso aire plástico de las cosas y la consistencia carnal de la historia,  como diría Volodia Teittelboim. 
Alejo Carpentier pertenecía a la generación de los machos del Boom latinoamericano. No hay en ese boom, ninguna mujer que no sea solo para acompañar y servir, levantar las tazas de café y vivir con devoción para la gloria de los nombrados. Hacer de todo y bien. Sin embargo las hay notables y omitidas como las poetas de la generación beat. 
Sin embargo, "las mujeres que escribieron no se limitaron a ser meras amigas, amantes, esposas o musas; eran mujeres que estaban en el mismo momento y en los mismos círculos de amigos, pero que NO tuvieron la misma visibilidad que los hombres y que lo tuvieron mucho más difícil a la hora de ser publicadas o de participar públicamente en los recitales" (Annalisa Marí)
Camilo Mori, Pablo Neruda,  Nemesio Antunez y Teresa Hamel
El 67’ Alejo Carpentier tiene una poderosa voz de barítono, impetuoso es su culto vozarrón. Habla con las erres gangosas y afrancesadas de Cortázar, embriaga, con sus imágenes de palmeras, pájaros multicolores, nubes de mariposas garciamarquianas, hipnotiza con relatos de negros descalzos que cantan sudados en ritos bajo techos de paja y humo y gozan de cocos y guayabas. Habla de la revolución francesa en el Caribe - el sueño republicano de Toussaint l’Ouverture - intercalando palabras créole de Haití. TERESA, la ola marina - calla y lo mira. Neruda lo mira con los párpados casi cerrados; se duerme. Matilde se distrae con la franja de espuma de la playa y los revoltijos de cochayuyos de Isla Negra. Ese es el imaginario de Teresa y no las zorreaduras, las tranqueras, las peleas de gallos,  ni los angelitos de su fundo de Reñaca.

TERESA ostentó de Reñaca, las dunas canela, el bosque de intenso y oscuro verdor, la playa sin habitantes, las golondrinas de mar, el horizonte inmenso y su fortuna. Alejo se maravilló tanto que levantó unos croquis para imaginar la casa que habitarían; el estudio donde escribirían sus novelas, la chimenea de invierno donde se besarían y el salón del piano de cola. Y al final de una escalera de madera estaría la pieza de los niños. Bajarían peldaño a peldaño desbordantes de alegría, cantando. Cantarían en Chile.

ALEJO regresó a Venezuela para finiquitar su patrimonio. TERESA comenzó la construcción de la casa. El pianista aceptable, arquitecto inconcluso y de seudónimo Jacqueline, postergó su regreso una y otra vez. Las respuestas se dilataron. Calló. Nunca regresó a Chile. La casa en construcción quedó en Reñaca con sus vanos vacíos.
Matilde - Ester - Teresa. Sus tres Marías.
Santiago, 24 de septiembre de 1973. La Chascona.

En la pieza superior y al final de una escalera de madera y adobe está el féretro cubierto con una bandera chilena donde reposa el cuerpo de Pablo Neruda. La Historia está presente sin pompa, sin cirios, sin coronas. Junto a Matilde Urrutia, Esther Matte, Aída Figueroa, Charo Cofré, Manuel Solimano, Laura Reyes, Rodolfo Reyes, Patricio Manns, Francisco Coloane, Alan Touraine, el  fotógrafo Teixera y los estudiantes; Guillermo Mimica y María Odette Morales, está TERESA HAMEL.

Fiel a su profunda amistad con Matilde, la consuela con serenidad. Hace el duelo en esa casa con puertas y ventanas violentadas y el olor a cenizas de libros empapados satura los escombros de la destrucción. Los militares han dejado los grifos abiertos y el agua se oye, como las copas de champagne celebrando, peldaño a peldaño desbordando. Por las ventanas y puertas en su casa de Reñaca, también irrumpe la fina arena de color canela, color que dicen, tiene el olvido.



No hay comentarios:

Publicar un comentario